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ENTRE SUB 17 Y SUB 30

7/11/2011

LEÓN BENDESKY

Los jugadores de la selección de futbol de la categoría sub 17 han jugado muy bien en el torneo que recién acabó en México.

Fue notoria su actitud y el cumplimiento en la cancha, sobre todo cuando se compara con el desempeño de los equipos de más edad y de la llamada selección mayor.

Tal vez sea casual esta situación.

Puede ser que el entrenador Raúl Gutiérrez tenga una fórmula mágica o que se haya encontrado con un grupo sobresaliente.

Sin embargo, es posible que haya alguna diferencia entre el grupo que tiene hasta 17 años de edad y los que son más grandes y están en los veintitantos años, los que juegan en los equipos de la primera división, más inmersos en las prácticas del futbol profesional del país.

Desde un punto de vista deportivo esta diferencia debería ser motivo de análisis y llevar, tal vez, a que algo se hiciera al respecto, sobre todo porque el nivel del futbol es de verdad lastimoso.

Pero reconozco que este pensamiento es iluso.

Los resultados siempre contrastan de forma patente con las expectativas que con las mismas fórmulas y el mismo tono, torneo tras torneo y partido tras partido, fijan los entrenadores de turno, los jugadores, los que mandan en la Federación y los periodistas y comentaristas que, ahora sí, literalmente, les hacen el juego.

No es un secreto la manera en que se maneja este deporte, el dinero que se mueve, los grandes intereses económicos que se disputan los dueños y directivos, que van mucho más allá de mero futbol.

Tampoco es un secreto la forma en que se valúan y comercian los jugadores.

Todo esto, está claro, no es privativo de México, pero aquí parece no encontrar siquiera alguna salida para dar un buen espectáculo.

La mediocridad es la pauta y de ella sólo salen algunas reconocibles excepciones.

Lo que puede observarse sólo hoy sobre lo que distingue a los equipos de diferentes categorías competitivas no puede extrapolarse fácil y directamente hacia una consideración de lo que ocurre en nuestra sociedad.

Y, sin embargo, puede no ser del todo falso intentarlo.

Me refiero en concreto a las circunstancias que enmarcan a quienes tienen menos 17 años y a los que están en los veintitantos.

Se discute mucho, aunque menos de lo que se requiere, sobre las condiciones que enfrentan los jóvenes mexicanos.

La mala calidad de la educación básica que reciben desde niños en un sistema en franca descomposición institucional, académica, profesional y ética.

Este es desde hace mucho tiempo un aspecto cada vez más arraigado de la corrupción política que no se detiene y se restriega en la cara de los ciudadanos.

Sobre esta base, la educación media sólo puede ser, en general, igual de deficiente.

Se habla, también, de la falta de oportunidades que enfrentan los jóvenes; aquellos que no continúan en el nivel de la educación superior, pero también la gran mayoría de los que entran a las universidades.

En ambos casos las perspectivas de trabajo, de realización personal y de integración en la sociedad son cada vez más restringidas.

Sobre una base como esta es francamente imposible elevar los niveles de la productividad, incentivar la creación y la innovación, competir en serio en los mercados, tener un sistema económico eficiente que produzca riqueza y no sólo reproduzca la desigualdad.

Así es muy difícil mejorar de modo duradero las condiciones de vida de la gente.

Los jóvenes son los que mayoritariamente entran a las filas de la informalidad, lo hacen porque los trabajos formales y con prestaciones no se crean de manera suficiente.

Desde el año 2000 el déficit de empleos formales es de casi 7 millones de plazas.

Se vuelven informales porque ésta se ha convertido en una mejor alternativa para conseguir algún ingreso; vaya, se ha vuelto más rentable.

Hay un aspecto interesante en el mercado laboral del país y es que la desigualdad de los ingresos en el segmento formal se reproduce en el informal.

Esto parece señalar la rigidez social, económica e institucional que prevalece en la sociedad.

De tal manera, la mayoría de los jóvenes quedan excluidos de muchas alternativas que tuvieron sus padres.

Esto altera la noción de lo que se llama clases medias, su composición, su comportamiento, su participación económica y política.

Hoy esa noción de medianía se refiere a un segmento más frágil como parte constituyente de una sociedad y, así, se restringe la capacidad de empuje que vaya más allá del consumismo más ramplón y del comportamiento ciudadano más trillado.

Por supuesto que en el caso de los grupos de la población más marginados, las condiciones para un mejoramiento de las expectativas de vida siguen canceladas.

Los sub 17 en este caso muy difícilmente podrían jugar en una liga infantil y juvenil y llegar a la selección que participó en el campeonato más reciente.

Los mexicanos que han nacido en los últimos 30 años han sabido preferentemente de un país en crisis económicas recurrentes, de grandes fraudes financieros, desperdicio de los recursos como el petróleo, de una degradación política metódica y, recientemente, de una mayor criminalidad y brutal violencia.

Todo esto no desconoce las posibilidades, las capacidades y las realizaciones de los jóvenes mexicanos, de ninguna manera.

Lo que no es tolerable es que se cancelen de manera prematura y no se abran los espacios suficientes para su máxima realización.



*Artículo publicado en La Jornada el 11 de Julio de 2011

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